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miércoles, 12 de octubre de 2016

Una ilusión inverosímil

   Él le dijo que nadie más, salvo ella misma, era un obstáculo en su camino.

   Ella contestó que quería escapar, ser alguien diferente... Que el universo se ensanchara ante ella como un lienzo de astros que custodian la noche silenciosamente, inmóviles.

   Repetidamente compartía con su alma el anhelo por aquella dulce fantasía, que cada madrugada se encontraba en sueños, tan vívidos y a la vez tan lejanos, que le dolía cuando se encontraba de nuevo con los ojos encendidos por un nuevo día. Como le ocurría a Hemingway, su mundo se desmoronaba cuando estaba despierta y tenía que enfrentarse a su cobardía.

 Para ella, incluso el tiempo había perdido su atractivo, no echaba de menos, no sentía. Obsesionada cada instante con sus ideas imaginativas acerca de una vida que no era la suya, una existencia ajena a este mundo y a lo que la rodeaba, sin saber que estaba cerca suya lo que más quería.

   Pero tras mucho sacrificio, apareció aquella ensoñación suya al mirarse al espejo con los ojos bien abiertos, y la fortaleza de una ciudadela antigua. Vaporoso vestuario, actitud seria pero comprometida. Subió al escenario. Como siempre, estaba sola, pero en su interior, más acompañada que nunca, no por un remolino de nervios que hacía temblar su esencia, sino por una quimera que asimilaba todavía.

   Puede que pareciese frágil, pero su mirada afilada no mentía, ni su silueta vacilaba al trenzar la vereda de su melodía, casi sin esfuerzo danzaba y hechizaba a cualquier criatura. Ahora su mente estaba absorta de aquellas miles de pupilas que habían comprado su entrada, sus sentidos funcionaban al margen de lo que palpaban. Había conseguido lo que tanto quería, convertirse en quien no era, un errante espíritu sin dueño, un navío sin faro, un mundo sin luminiscencia.

   Fue entonces, al verle en la primera fila, cuando abruptamente se dio cuenta, de que había sido ella misma todo el tiempo. Se alarmó al notar que no era fingir lo que ambicionaba, sino el escenario y el apoyo de su fiel conocido. Puede que su corazón estuviese roto, pero su piel relucía como la mejor perla del cofre de un tesoro y su esencia florecía como si fuese el mes de abril, y no el frío octubre. Ya no interpretaba un papel, ahora era ella quién se lucía.

   Entre cómplices miradas, acabó la función tal y cómo debía, si la perfección existiera, no sería muy distinta a ella volando al son de aquel ballet. Él no había dudado ni por un momento que aquello ocurriría.



Alice

martes, 21 de julio de 2015

Malena y el tango

La recordaría siempre como la luna, caprichosa y cambiante.
No olvidaría las noches de sonámbulos en Buenos Aires, allí cantaba Malena su tango, frío como el paciente cosmos que se alzaba a lo lejos. Se veía aquel astro a través de la ventana, que se mecía ante el frescor de aquellas noches, sus pálidas cortinas bailaban el baile de arrabal con suma delicadeza y Argentina suspiraba su nostalgia con parsimonia. 
El salón estaba únicamente iluminado por ella, y mientras él observaba los destellos de luna, Malena desgarraba su voz al ritmo del bandoneón, que como cada noche sonaba en el café de la esquina.
El gato la miraba, a ella, a la luna, que con añoranza buscaba los felinos allí en los tejados y en las azoteas. La plata esférica los echaba de menos, y hacía unos días en Buenos Aires no se dejaba ver, cansada de tanto buscarlos se ocultó entre la espesa niebla que flotaba sobre la ciudad. 
La noche a la luna la entendía, como aún añoraba al sol, quizá porque era su antagónico compañero, y casi nunca lo veía. Y a veces todos necesitamos un poco de combustión. Porque a la luna le daba igual quemarse como el fuego lento poco a poco con aquella pasión, en la que a veces, sólo algunas veces, se fundía convirtiéndose ambos luceros en uno, y a todos los mortales nos privaban de cualquier atisbo de luz durante aquellos instantes en que el día se cubre de sombras y misterio.
Luego volvía a mostrarse triste la luna, y se reconfortaba observando a los felinos trasnochar. Tan caprichosa como Malena era la luna, tan nívea, tan distante, tan triste e incierta. Tan efímera era que en aquel instante dejó de cantar, se acercó lentamente a acariciar al gato, y como aquel gato y aquel desconocido sentado en su sillón, miró a la luna fijamente, suspirando de pena por aquel pasado suyo, que aquel extraño nunca llegaría a saber.

Alice

sábado, 20 de junio de 2015

Noches sin estrellas


Me rondas por la mente las noches sin estrellas ni nada similar en las alturas, especialmente en las de verano, como esta, en las que camino sola por los mismos callejones que nos vieron mirarnos a los ojos y sonreír con la mayor intimidad que podíamos entre el rastro que dejaba la gente de madrugada.
En esta noche recuerdo aquellos días, ya tan lejos... Y siento la nostalgia de lo que hemos vivido y lo que quedara atrás en poco tiempo. El no volver a vernos jamás me distrae el pensamiento y las luces de la calle embellecen este triste sentimiento.
Ya solo me queda recordar tu poesía, tu voz y tu filosofía que se torció quizá demasiado pronto, o tal vez aquello le ocurrió realmente a la mía. No lo sé y sin embargo ya poco importa, nunca volveremos a ser los mismos,  nunca volveremos a mirarnos, a sentir lo que antaño sentimos.
Quedarán nuestras risas, nuestra complicidad, grabadas en cada huella de cariño o de juventud. Quizá algún día nos recordemos el uno al otro y sonriamos felices por los momentos que tuvimos, pero yo ahora mismo, no puedo evitar un suspiro por lo que hemos ganado, y sobre todo por lo que hemos perdido.
Alice